El Mundial de Fútbol de 2026 viene cosechando un éxito arrollador en las tribunas y las pantallas, pero una reciente e insólita decisión de la FIFA ha encendido las alarmas sobre la transparencia del torneo. La Comisión Disciplinaria del organismo resolvió levantar el castigo al delantero estadounidense Folarin Balogun, una medida que hiere de muerte la seriedad de los arbitrajes y del sistema de videoarbitraje (VAR).

Balogun había recibido una tarjeta roja directa por parte del árbitro brasileño Raphael Clauss tras una dura infracción sobre un rival bosnio. Sin embargo, en un dictamen sin precedentes, la FIFA determinó que el jugador podrá seguir compitiendo bajo una «sanción en suspenso». Esto significa que solo se perderá partidos si reincide en una falta similar en el plazo de un año, transformando una expulsión directa en un beneficio administrativo inédito.

La polémica medida adquiere un tinte aún más oscuro al compararse con el rigor aplicado a otras selecciones. Durante la misma competencia, el paraguayo Miguel Almirón sufrió una expulsión y una suspensión inmediata de un partido simplemente por cubrirse la boca con la mano al hablar en el campo. Mientras el sudamericano pagó con severidad una acción menor, el norteamericano fue indultado tras una agresión física constatada por la tecnología. Gianni Merlo, presidente de la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva (AIPS), calificó la situación como una auténtica tragicomedia que entrega el destino del deporte a los intereses políticos del país anfitrión, manchando la neutralidad competitiva.

El fallo no solo desautoriza a los jueces en la cancha, sino que destruye la confianza en el VAR, que pasa de ser una herramienta de justicia a un mecanismo moldeable según la conveniencia de los organizadores. A partir de ahora, los árbitros afrontarán una presión desmedida e inevitable cuando dirijan a Estados Unidos. Con este «regalo» reglamentario a los locales, la FIFA traspasa los límites de la decencia deportiva y abre un peligroso antecedente donde las reglas cambian según el peso de la camiseta o el poder político de turno.

Fuente: ABC Digital 

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