Hay quienes sostienen que la diplomacia consiste fundamentalmente en tender puentes, suavizar asperezas y estrechar lazos entre naciones soberanas. Sin embargo, en la Embajada de Paraguay ante la República Libanesa, un funcionario decidió tomarse estas premisas de una manera excesivamente literal y, por qué no decirlo, un tanto corporal.
Carlos Miguel Torres Romero, quien se desempeñaba como Primer Oficial de Asuntos Administrativos y Técnicos en la lejana e histórica Beirut, descubrió de la peor forma que confundir el noble servicio exterior con una mezcla de spa terapéutico y catálogo de citas digitales puede culminar de forma abrupta: con un boleto de regreso sin escalas a Asunción dispuesto por el propio Poder Ejecutivo.
El pintoresco conflicto estalló tras una serie de denuncias ciudadanas que parecían extraídas de una comedia de enredos antes que de un archivo consular. Según los reportes internos que acabaron sobre los escritorios de la Cancillería Nacional, varios compatriotas que acudieron a la sede diplomática con la simple y aburrida intención de realizar trámites o legalizar papeles, se toparon con una atención sumamente «personalizada» y un trato inapropiado. El audaz oficial Torres Romero, dotado aparentemente de una vocación paralela para el bienestar físico, no tuvo mejor idea que ofrecer servicios personales impropios, específicamente masajes, a las personas que acudían al consulado. Lo cierto es que el público, lejos de sentirse relajado, consideró que la experiencia distaba bastante de la responsabilidad institucional que representa su cargo.
Por si el emprendimiento de masajes de mostrador fuera poco para llenar las largas horas de la jornada laboral en Medio Oriente, el funcionario también decidió explorar los horizontes del romance digital. La investigación administrativa confirmó que mantenía una intensa actividad en la aplicación de citas Tinder durante su jornada laboral, incluso mientras debía estar atendiendo al público. En un despliegue de multitasking que ya envidiaría cualquier ejecutivo moderno, Torres Romero dividía su valioso tiempo entre la burocracia estatal y el deslizamiento de dedos hacia la derecha, buscando coincidencias amorosas en el mapa de Beirut. La propia embajadora paraguaya en el Líbano, Lethicia Paredes Sequeira, ya le había leído la cartilla en junio de 2025, advirtiéndole formalmente sobre el profundo malestar y la incomodidad que su comportamiento causaba entre los visitantes. No obstante, el llamado de la relajación muscular y de los algoritmos del amor resultó ser mucho más fuerte que la fría disciplina del servicio exterior.
La paciencia gubernamental tiene sus límites, y el veredicto final llegó con la firma del decreto número 6378 por parte del presidente de la República, Santiago Peña, quien le aplicó un fulminante «swipe left» al funcionario dando por terminadas sus funciones en tierras del cedro y ordenando su traslado inmediato a la sede central del Ministerio de Relaciones Exteriores en la capital del país. De dar masajes en Beirut, el creativo funcionario pasará ahora a la sobria rutina de los pasillos asuncenos.
A la par del retorno forzoso del diplomático masajista, el decreto presidencial aprovechó la jornada para oficializar una masiva e institucional rotación de piezas en el tablero internacional, motivada por la culminación de funciones de varios agentes y la necesidad de nuevas designaciones. Aunque el caso de Beirut acaparó todas las miradas por su naturaleza tragicómica, la Cancillería movió sus fichas por puro orden administrativo en una carambola geopolítica que puso a temblar las maletas de medio cuerpo consular por los cinco continentes.
De este modo, mientras Torres Romero empaca sus aceites y cierra sesión en el Líbano, el juego de las sillas diplomáticas despacha a un ministro a Costa Rica y a otro a Los Ángeles, envía primeros oficiales a París y a la Federación Rusa, y traslada directoras y oficiales desde Chile a Bolivia, de Taiwán a Australia, y entre diversas corresponsalías de Argentina y Brasil. Una reestructuración global de legaciones que demuestra que, mientras el amor digital se busca de a dos, la administración del Estado se mueve en masa, a contrarreloj y con las valijas siempre listas.
Fuente: Ultima Hora



