La locura se desató en el aeropuerto Silvio Pettirossi. El frío de la madrugada no fue rival para la calidez de una multitud que se agolpó con banderas, cánticos y un clamor unánime dirigido al hombre que le devolvió la identidad al fútbol paraguayo: “¡Que se quede, que se quede!”.

Tras la histórica campaña en el Mundial 2026, donde la Albirroja rompió una sequía de 16 años y alcanzó con orgullo los octavos de final, la delegación nacional regresó a casa y Gustavo Alfaro, visiblemente emocionado y vistiendo los colores de la bandera paraguaya, rompió el silencio sobre su futuro.

Aunque evitó un anuncio formal, sus palabras cayeron como un bálsamo de esperanza para un país que no quiere despertarse de este sueño. El estratega argentino dejó la puerta abierta de par en par al asegurar que hay un montón de desafíos por delante que hay que tratar de lograr, conquistar y trabajar, confesando que hoy el grupo tiene una gran ilusión que más adelante se transformará en una expectativa mayor. 

Antes de despedirse entre los aplausos de una afición entregada, lanzó la frase que todos querían escuchar, expresando su deseo de que entre todos se puedan seguir haciendo cosas hermosas.

El DT recordó con gratitud el idilio que mantiene con el pueblo paraguayo desde el primer día de su ciclo, destacando que desde el debut contra Uruguay sintieron una energía totalmente diferente. Recordó que la fe de la gente nació mucho antes de los grandes resultados, rememorando cómo para el partido contra Brasil ya se habían agotado las entradas solo por la ilusión que se había despertado. Ese sentimiento genuino se transfirió al plantel y se convirtió en la nafta que impulsó la determinación de clasificar y competir al máximo nivel en la Copa del Mundo.

En un discurso cargado de mística y reconocimiento, Alfaro se corrió del centro de los flashes para rendir tributo a sus dirigidos, calificándolos como los verdaderos artífices de la hazaña y afirmando que fue un absoluto privilegio liderar a un grupo humano que demostró que los imposibles no existen. El técnico confesó sentir una «sana envidia» por la forma en que late el corazón de este país cuando se une detrás de un objetivo común. En su mensaje final, el timonel albirrojo pidió a los paraguayos que defiendan con garras la llama que los jugadores volvieron a encender para demostrarle al mundo que Paraguay está de pie, instando a alimentar ese fuego para que el destino de la selección sea, definitivamente, un destino de grandeza.

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