Tras la euforia del Mundial, Paraguay parece volver a su «normalidad». Pero, ¿qué significa realmente esta normalidad? La respuesta es simple: un sistema político que se sirve del Estado y de los impuestos de los ciudadanos para mantener un estilo de vida de lujos y privilegios para unos pocos.
Mientras la mayoría de la población se esfuerza por llegar a fin de mes, la clase política se beneficia de un sistema que les permite acceder a recursos y beneficios que no están al alcance de la mayoría. Los altos funcionarios públicos, los legisladores y los gobernantes se otorgan a sí mismos salarios y beneficios exorbitantes, mientras que la educación, la salud y la infraestructura siguen siendo un lujo para muchos.
El reciente proyecto de ley que busca suprimir bonificaciones para funcionarios de conducción política es un ejemplo claro de la hipocresía política. ¿Por qué solo se busca eliminar bonificaciones para 2026? ¿Por qué no se aborda la raíz del problema: la corrupción y la falta de transparencia en la gestión pública?. La realidad es que la clase política paraguaya ha convertido el Estado en un negocio familiar, donde los recursos públicos se utilizan para mantener un estilo de vida de lujos y privilegios.
Los impuestos que pagamos no se invierten en la gente, sino en la perpetuación de un sistema que beneficia a unos pocos. Es hora de que la ciudadanía exija cambios reales y no se conforme con la «normalidad» actual. Es hora de que la política se ponga al servicio de la gente y no al revés. La normalidad que queremos es una donde la justicia, la transparencia y la igualdad sean la norma, no la excepción.


