Aparecer a defender a un amigo en un juicio por un título falso de abogado debería ser una misión noble, pero en el caso del exsenador cartista Hernán Rivas terminó pareciendo un paso de comedia donde la amnesia colectiva fue la gran protagonista.

Resulta que en la última audiencia aparecieron testigos citados por la mismísima defensa para jurar que Rivas sí quemó pestañas en las aulas de la Universidad Sudamericana. Sin embargo, apenas la Fiscalía y los jueces empezaron a preguntar detalles, el castillo de naipes se desmoronó entre excusas insólitas y lagunas mentales dignas de un libreto de ficción.

El primer héroe de la jornada fue Aurelio Marecos, excoordinador de la facultad, quien arrancó firme asegurando que recordaba perfectamente a Rivas en la filial de Ciudad del Este y que hasta se tenían en WhatsApp. Marecos juró haber estado presente cuando el acusado rindió exámenes de Derecho Mercantil. Todo iba de maravillas hasta que el Tribunal revisó el certificado de estudios oficial de Rivas y soltó la bomba: ¡el exsenador jamás cursó esa materia! Lejos de achicarse, el excoordinador respondió muy campante que él se acordaba de que ahí se enseñaba la asignatura, aunque prefirió no opinar sobre el hecho de que no recordaba el nombre de ningún profesor ni conocía a la propia directora académica con la que supuestamente compartió años de trabajo.

Luego llegó el turno del «profesor» Mario Antúnez, cuya declaración fue pura magia. Dijo que recordaba a Rivas porque se sentaba atrás y «preguntaba mucho sobre el estado de inocencia». Pero cuando le apretaron con las fechas de los exámenes, el docente tiró la toalla sin anestesia argumentando que tiene «la memoria hecha un desastre» por culpa del COVID-19 y que lo que hace hoy, probablemente mañana ya lo olvida. Para rematar el espectáculo, afirmó que en sus años de enseñanza presentaba constancias de didáctica universitaria que, según los registros, ¡recién cursó años más tarde! Y cuando la jueza le preguntó si sabía cuántas horas duraba una hora cátedra, el profe remató con un inolvidable «me habían dicho, pero no me acuerdo».

Para completar el cuadro, testificó una excompañera que afirmó recordarlo por la lista de asistencia, aunque admitió que ella misma casi no iba a clases y que tampoco recordaba cuántos años coincidieron. Eso sí, para darle un toque todavía más pintoresco a su testimonio, se supo en plena sala que la mujer tenía sus propios antecedentes por estafa.

Por si a la defensa le quedaba algún hilo de esperanza, la Fiscalía llamó a otro exalumno que estudió en la misma época y bajo la misma modalidad presencial. Su testimonio fue un balde de agua fría: dijo que jamás en su vida vio a Rivas en el aula, que nunca lo escuchó en la lista de asistencia y que al supuesto profesor Antúnez no lo conocía ni de foto.

Entre excoordinadores que inventan materias, profesores con amnesia selectiva y compañeros que solo lo vieron en redes sociales, la estrategia para probar que el exsenador realmente fue a la universidad terminó resultando un tiro por la culata. La novela judicial del «abogado mau» entra en su recta final este 16 de septiembre, fecha en la que se sabrá si esta peculiar comedia de enredos universitarios termina en condena o en absolución.

Fuente: ABC Digital 

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