El teléfono sonó y del otro lado se escuchó la voz de siempre: la misma entonación, los mismos giros al hablar, el mismo timbre familiar. Era su hija. Con un tono de apuro, le pidió dinero para una compra urgente, explicando que la comunicación se cortaba porque tenía mala señal.

El periodista y bombero Roque González Vera, acostumbrado por su oficio a desconfiar de las anomalías urbanas, no dudó esta vez. Devolvió la llamada, mantuvo dos breves charlas con ella y sintió la necesidad de auxiliarla. No sospechó que el número fuera desconocido; pensó que se trataba de una línea corporativa de su lugar de trabajo.

La trampa se cerró minutos después a través de WhatsApp. Desde ese nuevo número apareció la foto de perfil de su hija y los datos de una cuenta bancaria para realizar el depósito. Movido por la urgencia, Roque gestionó un préstamo bancario y transfirió casi cinco millones de guaraníes. Todo parecía un trámite familiar cotidiano hasta que descubrió la fría realidad: su hija nunca lo había llamado, nunca necesitó el dinero y jamás le escribió.

Los delincuentes habían logrado lo impensable: clonar una voz. Como la joven también es comunicadora, su hipótesis es que los estafadores recolectaron registros de sus archivos de radio o televisión y, mediante herramientas de inteligencia artificial, recrearon a la perfección su identidad sonora. El engaño fue tan milimétrico que el propio Roque lamentó comprobar cómo la tecnología es capaz de simular una conversación humana real detrás de la fría pantalla de una computadora.

La pesadilla no terminó con su depósito, ya que en un lapso de 48 horas otros familiares recibieron llamadas con el mismo modus operandi. Mientras las autoridades policiales de cibercrimen investigan este sofisticado golpe queda la preocupación y la pregunta inevitable sobre la vulnerabilidad a la que estamos expuestos cuando nuestros propios lazos afectivos son imitados por un algoritmo.

Fuente: ABC Digital

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