En el impredecible circo del fútbol moderno, parece que las tarjetas rojas ya no son lo que eran. Resulta que si eres Folarin Balogun, delantero estrella de los Estados Unidos, y decides dejarle un recuerdito en el tobillo a un rival de Bosnia-Herzegovina, la expulsión automática es solo una sugerencia.

La FIFA ha decidido aplicar un «borrón y cuenta nueva» de manual, permitiéndole jugar los octavos de final contra Bélgica, lo que ha desatado una tormenta diplomática de proporciones balompédicas que ni la ONU podría calmar.

La UEFA , que de diplomacia sabe mucho pero de aguantarse los enojos sabe poco, ha saltado a la yugular de la FIFA calificando la decisión de «inaudita, incomprensible e injustificable». En un comunicado que destilaba más furia que un técnico perdiendo en el minuto 90, los europeos advirtieron que cuando los mismísimos guardianes de las reglas se pasan el reglamento por el arco del triunfo, la credibilidad de todo el torneo se va directo al fondo de la red. Básicamente, les recordaron que el fútbol es hermoso porque se juega igual en todos lados, no porque a unos se les perdonen los pecados y a otros se les aplique la inquisición.

Pero lo más jugoso de esta telenovela mundialista no ocurre solo en los despachos, sino en las redes sociales. El mismísimo presidente de los Estados Unidos salió corriendo a su plataforma favorita para celebrar el milagro y agradecer a la FIFA por «hacer lo correcto» y corregir lo que llamó una «gran injusticia». Por si fuera poco, su secretario de Estado, Marco Rubio, se sumó al coro de lamentos patrióticos asegurando que la tarjeta roja original era un complot que perjudicaba gravemente a su selección. Al parecer, en la geopolítica del fútbol, un pisotón en el tobillo revisado por el VAR se convierte mágicamente en un asunto de seguridad nacional.

Mientras tanto, en Bélgica no dan crédito a lo que ven. La Federación Belga de Fútbol se quedó con los ojos cuadrados y la boca abierta, desempolvando los manuales de la FIFA para recordarles, con el artículo 66.4 en la mano, que una expulsión significa una suspensión automática para el siguiente partido aquí, en China y en Marte. Para los belgas, que ahora tendrán que sufrir los goles de Balogun en Seattle, la FIFA acaba de inaugurar una nueva y peligrosa regla: si tienes amigos influyentes en la Casa Blanca, las tarjetas rojas se destiñen y se vuelven transparentes. La pelota no se mancha, decían, pero parece que las reglas sí se pueden flexibilizar si el cliente lo amerita.

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