El diputado cartista Carlos Núñez Salinas se corona sin despeinarse como el indiscutible rey de la rabonería en la Cámara Baja, ostentando el insólito récord del 81% de ausencias en las votaciones desde el inicio del periodo.

Trabajar una sola vez a la semana parece ser una carga demasiado pesada para un selecto club de legisladores que cobra un abultado salario mensual de G. 37.900.000 entre dietas y gastos de representación. Con semejante sueldo y el compromiso oficial de dar la cara únicamente los martes, cualquiera pensaría que la asistencia sería perfecta, pero la realidad demuestra que faltar a la oficina es prácticamente el deporte oficial de la honorable cámara.

Desde que retornaron del receso parlamentario en marzo, el panorama roza lo absurdo: en el 84% de las sesiones no se pudo completar el orden del día porque los diputados sencillamente desaparecen de sus bancas, dejando colgadas 32 de las 38 reuniones fijadas. El truco favorito para salirse con la suya es la famosa «fuga en bloque» o la clásica técnica de marcar presencia al inicio para luego esfumarse al patio o al comedor. Como el reglamento interno exige mil vueltas para aplicar algún descuento salarial, la impunidad es total y ningún legislador siente en el bolsillo las consecuencias de dejar el recinto vacío mientras el pueblo financia sus jugosos ingresos.

En el otro extremo de la tabla figuran nombres con menos inasistencias, aunque la presencia física tampoco garantiza que estén trabajando. Casos como el del diputado José Domingo Adorno llaman la atención porque suele andar paseando entre el comedor y el recinto mientras el presidente de la Cámara, Raúl Latorre, le toma el voto a viva voz para no perder el tiempo. Por su parte, la diputada Fabiana Souto ostenta un récord envidiable de silencio absoluto, pues desde que asumió no ha presentado un solo pedido de informes ni ha usado la palabra ni siquiera para defender proyectos de su propio departamento, demostrando que calentar la banca también es un arte.

Para rematar el espectáculo de privilegios, los parlamentarios se preparan para discutir los retoques a su envidiable jubilación vip. Mientras un ciudadano común del sector privado debe romperse la espalda durante 25 años para aspirar a un haber jubilatorio de apenas G. 3.044.000, los diputados se aseguran un retiro dorado de G. 30.320.000 al mes tras aportar únicamente durante 15 años. Así, entre ausencias récord, discursos mudos y jubilaciones millonarias, la Cámara de Diputados sigue demostrando que es el lugar perfecto para trabajar poco, cobrar mucho y retirarse como reyes.

Fuente: ABC Digital 

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