El manual de la resiliencia en el fútbol tiene un autor contemporáneo indiscutible: Gustavo Alfaro. En la antesala de uno de los desafíos más imponentes para la selección de Paraguay, el choque crucial contra Alemania, el estratega albirrojo plantó bandera con una filosofía que mezcla realismo crudo con una fe inquebrantable.
Consciente de las diferencias de cartel, el técnico no se achica ante el coloso europeo y confía ciegamente en el fuego interno de sus dirigidos, asegurando que están listos para plantarle cara a cualquiera que se cruce en su camino. «Siendo de un nivel tal vez diferente a un montón de selecciones, pero nosotros sentimos con humildad que podemos competir contra todos», disparó el entrenador en una conferencia de prensa que dejó tela para cortar en todos los frentes.
La travesía de esta Paraguay bajo el mando de Alfaro no ha sido un camino de rosas, sino más bien una reconstrucción desde los escombros. Lejos de la comodidad de los procesos idílicos, el cuerpo técnico tuvo que amalgamar un grupo golpeado psicológicamente y devolverle la mística competitiva a un país sediento de gloria futbolística. El propio DT recordó el sombrío panorama que encontró a su llegada, poniendo en valor el milagro deportivo de estar disputando la máxima cita del fútbol tras haber tocado fondo en el torneo continental. «Nos tocó agarrar una selección que estaba devastada. Después de las derrotas de la Copa América no creo que haya alguien que pensaba que Paraguay iba a estar en la Copa del Mundo», sentenció con total honestidad.
El calendario aprieta y las horas de pizarra son escasas antes de medir fuerzas contra la maquinaria germana. Sin embargo, en el búnker paraguayo el optimismo no se negocia y la falta de tiempo se compensa con el carácter forjado en las paradas más difíciles. Alfaro sabe perfectamente que su equipo se siente cómodo cuando la lógica lo da por vencido y que los grandes golpes de la historia albirroja se escribieron con el traje de obrero puesto. «No es el tiempo ideal para preparar un partido contra Alemania, pero confío mucho en el grupo. Desde la adversidad nos ha tocado siempre construir y esta no es la excepción», remarcó el timonel, dejando claro que el ADN de su plantel se agiganta en los escenarios de máxima presión.
Pero la rueda de prensa no solo giró en torno al plano estrictamente táctico del Mundial. El ambiente se encendió cuando el director técnico decidió recoger el guante y responder a los dardos lanzados por una leyenda del fútbol paraguayo, José Luis Chilavert, quien había criticado con dureza el planteamiento del equipo tras el reciente empate sin goles frente a Australia. Lejos de esquivar el bulto o entrar en una guerra de insultos mediáticos, Alfaro prefirió la confrontación desde los códigos del vestuario y la caballerosidad, invitando al exarquero a sumar en lugar de disparar desde la comodidad de las redes sociales. «Me hubiese gustado que Chilavert, en lugar de ser un francotirador, me hubiese llamado y que me diga ‘Gustavo, me gustaría hablar con Orlando (Gill)’. Como lo hizo Roque Santa Cruz el otro día con los delanteros», declaró con firmeza, trazando una línea divisoria entre quienes critican desde afuera y quienes, como Santa Cruz, aportan su experiencia directamente a la nueva generación.
Para añadirle más condimento a la relación histórica entre ambos, el técnico argentino desenterró una anécdota del pasado que expone las vueltas que da la vida y el fútbol. Recordó un encuentro fortuito en un pasillo de estadio donde el propio Chilavert, en un momento de ambición dirigencial, lo veía como el estratega ideal para comandar los destinos de la Albirroja. Alfaro confesó que hace algunos años se cruzó en un estadio con José Luis Chilavert y que este le dijo que iba a tomar las riendas del fútbol paraguayo y que lo quería como entrenador, evidenciando las contradicciones que a menudo traen los vaivenes de la opinión pública.
Finalmente, el misterio sobre el futuro del banquillo de Paraguay también sobrevoló la sala de prensa. Aunque el presidente de la Asociación Paraguaya de Fútbol, Robert Harrison, ya movió sus fichas para asegurar la continuidad del proyecto independientemente de lo que suceda en el torneo, el seleccionador prefiere mantener los pies sobre la tierra y evaluar el panorama con la cabeza fría una vez que las aguas se calmen. Para él, la renovación no pasa simplemente por firmar un papel, sino por una convicción estructural de todo el entorno del fútbol paraguayo. Manifestó que Robert Harrison ya se lo había planteado, pero argumentó con profunda vocación formativa: «Quiero saber si Paraguay está preparado para un proceso. Obviamente que el resultado es lo importante, pero el proceso es lo que construye». Con la fe intacta, las cuentas pendientes aclaradas y el alma templada en la dificultad, la Paraguay de Alfaro aguarda el pitazo inicial lista para demostrarle al mundo que la humildad también puede ser un arma letal.



