En el escenario político contemporáneo nacional, la opinión pública suele verse arrastrada hacia debates estridentes, polarizaciones artificiales y escándalos de diseño minuciosamente difundidos por los medios de comunicación. Esta dinámica responde a una técnica clásica de manipulación mediática: la distracción sistémica.
En la actualidad, la gran cortina de humo la constituye la prematura y absurda disputa interna dentro del oficialismo («cartismo») por la chapa presidencial y la vicepresidencia con miras a las elecciones del año 2028. Mientras los titulares y los algoritmos saturan el espectro debatiendo sobre candidaturas que faltan años para concretarse, los eventos subterráneos que verdaderamente reconfiguran el destino institucional avanzan bajo un manto de calculada indiferencia o distorsión informativa.
La manipulación no siempre consiste en mentir; a menudo radica en administrar el enfoque: al hipertrofiar cuestiones accesorias o escenificar falsas crisis de camarilla, se logra vaciar la agenda pública de los temas verdaderamente urgentes, impidiendo que la ciudadanía conecte los puntos de un entramado mucho más alarmante como la progresiva captura del Estado por parte de estructuras criminales.
Lo real, serio y urgente no es quién ocupará un cargo en el próximo periodo, sino quiénes están hoy en puestos clave de poder bajo sospechas directas de haber integrado la red de protección del asesinado diputado Eulalio “Lalo” Gomes. Tras las pericias forenses realizadas al teléfono celular del exlegislador abatido, la estructura denominada «La Mafia Manda» ha destapado los nombres y apellidos de altos funcionarios del ámbito legislativo, judicial y de seguridad que continúan activos o ejerciendo fuerte influencia institucional.
Entre ellos destaca el diputado nacional Orlando Arévalo, vicepresidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados (JEM), señalado en la comunicación del juez penal Osmar Legal ante el Ministerio Público por presuntos indicios de corrupción pública, coimas y tráfico de influencias orientados a manipular el sistema judicial desde el órgano que juzga a los propios magistrados.
Asimismo, la gravedad se extiende a los altos mandos de la Secretaría Nacional Antidrogas (SENAD) que operaron en el corazón de la inteligencia táctica del país, tales como Hugo Derlis Baptista Báez (exdirector general Antidrogas), Cristian Porfirio Amarilla Cabaña (director de Inteligencia) y el coronel Aldo Osmar Pintos Martínez (excomandante de las Fuerzas Especiales); todos ellos procesados por presuntamente utilizar sus posiciones funcionales para filtrar operativos sensibles y facilitar la fuga de capos narcos del Comando Vermelho.
En el sistema judicial, los chats peritados involucran directamente a magistradas y agentes fiscales en ejercicio que habrían brindado impunidad al entorno del clan, incluyendo bajo investigación fiscal formal a la jueza penal Sadi López, junto a las agentes fiscales Katia Uemura y Stella Mary Cano.
Finalmente, la infiltración administrativa en el Congreso se materializó a través de Helga Lizany Concepción Solís Gómez (sobrina de Gomes y jefa de despacho en la Cámara de Diputados), señalada por la Unidad de Inteligencia Sensible (SIU) como el nexo principal para direccionar causas de lavado de activos.
La fijación mediática en las peleas electorales para el 2028 es el perfecto analgésico social. Funciona para desviar la atención de una realidad incómoda: el narcotráfico no golpea las puertas del Estado desde fuera, sino que cuenta con nombres y apellidos instalados en bancas del Congreso, despachos fiscales y comandos de fuerzas de seguridad. Mientras la opinión pública se entretiene con la comedia de las internas partidarias, los verdaderos engranajes de la impunidad judicial y la narcopolítica siguen operando activamente desde las instituciones.


